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domingo, 13 de marzo de 2016

Y nació el amor

Ahí estabas tú, descamisado y tirado en mi cama mirando al infinito mientras me apretabas con ternura hacia tu pecho. El silencio nos envolvía con suavidad arropándonos en este momento de intimidad. Mientras escuchaba el bombeo de tu corazón te observaba de reojo viendo como tus ojos no se despegaban su vista del techo y notando tu mente muy lejos de mí. Quizás flotando entre las estrellas que tus pupilas parecían observar. A pesar de notar el calor de tu pecho en mi cara me sentía excluido de ti y de ese plan que conjurabas con los cielos. No pude evitar estremecerme.

Fue esa corriente fría que sentía la que te sacó de tus ensoñaciones. Tus párpados se cerraron como quien cierra el libro que estaba leyendo y apretaste tu mano para hacerme sentir que estabas ahí. Lentamente tu cabeza se giraba hacia mí mientras tus ojos volvían a despertar, pero esta vez sentía que buscaban las estrellas en los míos. Tu mirada, cargada de tantas cosas indescifrables me descontrolaba y me ponía nervioso. Tanto era así que no pude evitar rehuirte para darte la espalda haciendo un pequeño amago de rencor por la previa exclusión.

Fue entonces cuando me abrazaste por detrás y el tiempo se paró. El silencio se desvanecía por el sonido de tu voz que entonaba una canción que jamás había escuchado. El aire que traía las notas de tus compases soplaba suavemente detrás de mis orejas, asegurándose de que aquel mensaje de amor llegara efectivamente a su destino. Cerraba los ojos para poder absorber cada uno de las notas que me estabas regalando. Aquella canción.. ¿Acaso era eso lo que consultabas con los cielos? No pude evitar sonreír. Mientras me girabas con suavidad para encontrar tus labios con los míos me daba cuenta que ya no tenía escapatoria. El amor me había alcanzado otra vez.

sábado, 11 de octubre de 2008

Recordando A Un Lugar

Hoy me siento con ganas de echar la vista atrás, y buscar ese lugar que nos marcó y nos hizo especiales. Héroes de nuestra propia historia, protagonistas de nuestro propio cuento. Un escenario donde empezamos a escribir una canción para los dos.

Quizás fue en ese concierto donde ambos estábamos, pero aun no sabíamos que existíamos. Puede que incluso tropezara contigo, y tú no te dieses cuenta... O en ese en el que sí nos conocíamos, A lo mejor fue en ninguna parte, un lugar escondido entre bytes y cables donde una conversación se hilaba en el ciberespacio. ¿Fue ahí donde realmente todo empezó? El ángel sin alas conoció al rey del dolor...

El cine donde siempre íbamos, que nos unía cada vez más, o ese lugar apartado del mundo, donde empezamos a compartir nuestras confidencias. Tú coche, el mío. La playa en las estrellas, la intimidad del sur, la tranquilidad del norte... A lo mejor fue en esa ciudad en tierras germanas que juntos conocimos y en la que forjamos un sueño a cumplir. Pero para mí fue esa habitación, donde llevamos media vida peleando y amando, jugando y hablando, durmiendo y riendo...

Hay tantos lugares que recordar, tantos momentos para no olvidar...

Pero lo más importante no son los escenarios, sino los protagonistas de esa obra que todavía se escribe. A cada cual más imperfecto, más tozudo o necio. No es un cuento de hadas, ni un relato de ciencia ficción. Es una historia basada en hechos reales, con personas de carne y hueso que decidieron, por causas del azar o del destino, compartir una aventura juntos, y reinventando sus vidas, han llegado hasta aquí.

La vida sigue, el amor crece. Nadie sabe adónde nos llevarán los pies, pero quiero seguir descubriendo lugares, abriendo puertas a nuevos escenarios que desvelen historias. La nuestra. Hasta que finalmente en letras de oro nuestra obra jamás será olvidada, grabada a fuego en nuestros cuerpos, nuestros corazones de artistas llenos de sueños. Se cierra un nuevo acto para dar paso al siguiente. El espectáculo debe continuar. Te quiero.

domingo, 27 de julio de 2008

El último tren


Sentado en un banco veo a la gente pasar. De un lado a otro, un baile de prisas y maletas vuelan a mi alrededor. Todos tienen prisa por llegar, nadie quiere perder su tren. Gritos y avisos por megafonía se entremezclan en el caótico ambiente de la estación. Pero yo estoy tranquilo, porque sé que no tengo nada que perder.

Miraba la gran máquina estacionada a mi lado, un tren un poco desvencijado y anticuado. El óxido había ganado la batalla a la pintura en varios frentes y a primera vista las piezas parecían haber conocido la época colonial, pero a pesar de ello no había dudas de su robustez y fuerza. Aun se mostraba capaz de aguantar otros 400 años llevando a sus pasajeros a su destino, fuese cual fuese, siempre y cuando estuviese unido por caminos de hierro. El tren como medio de transporte tiene un tinte romántico, pero este en concreto me lo parecía más todavía, quizás el hecho de que pareciese sacado de un libro de Historia contribuya a ello.

Me acerqué a uno de los vagones y mientras ponía mi mano sobre él, miré a través de la ventana. Mi cabeza se preguntaba por los innumerables momentos que se habrían vivido en cada uno de esos viajes, las conversaciones importantes, las promesas de amor, los secretos inconfesables… centenares de hombres y mujeres que compartieron en algún momento un asiento de ese vagón. No pude evitar que un par de lágrimas resbalasen por mis mejillas.

El sonido de mi nombre me sacó de mi ensimismamiento, y rápidamente me sequé las mejillas. Las voces procedían del otro lado del cristal, donde mis amigos me saludaban alegremente moviendo frenéticamente sus brazos, e haciendo gestos con su reloj indicándome que no quedaba tiempo ya. Rápidamente me puse a imitarles, saludando y sonriendo, el tren no tardaría mucho más en partir.

El reloj de la estación me avisaba que sólo me quedaba un minuto, pero yo no tenía ninguna prisa. El cielo oscurecía y los tintes anaranjados de la tarde iban desluciéndose lentamente. Era una escena para recordar, notaba como se cincelaban esos últimos segundos en mi memoria. El silbato finalmente sonó, y el humo brotaba de la chimenea de la locomotora. Mis amigos me miraban con extrañeza, y yo con resignación. La antiquísima maquinaria comenzaba a ponerse en marcha, las ruedas giraban con gran estruendo. El tren se movía con lentitud, rompiendo con cada paso mi corazón, y yo me di la vuelta para no verlo partir.

El destino de ese tren no estaba marcado en mis mapas, aunque llevase años buscándolo. Una sensación de ahogo me oprimía por dentro, un nudo se iba formando que no me dejaba respirar. Una parte de mí se iba en ese tren, una maleta con mi nombre en la etiqueta… o quizás fue sólo una ilusión… Lo único que sabía era que no había un asiento reservado a mi nombre en ningún vagón.

La estación se había quedado desierta, y sólo yo restaba en el lugar. Yo y aquel silencio torturador. La noche había caído finalmente sobre el cielo cual maldición gitana y daba la impresión que permanecería así por la eternidad. No volví la vista atrás para ver las vacías vías del tren, no tenía sentido. Mis pasos me alejaban lentamente del andén.



Cuando llegué a la salida del recinto, una figura me esperaba junto a una farola. Sus ojos calmaron mi dolor. Me acerqué hasta él y, sin mediar palabra, me abrazó. Así estuvimos mucho tiempo, hasta que me oí decir: “Prométeme que algún día viajaremos en tren”

sábado, 19 de julio de 2008

Una vida en el jardín


No recuerdo cómo llegamos allí, ni tampoco lo que quería ni quién era. Sólo sabía que estaba contigo en un jardín gigantesco que parecía no tener fin. No tenía miedo ni temor, ya que por aquel entonces ni tú ni yo sabíamos lo que eran aquellas sensaciones.

Recuerdo con regocijo aquellos días de felicidad que pasamos probando los distintos frutos de los árboles, sin poder predecir si era un manjar o una amarga hoja de árbol. Juntos corríamos campo traviesa, bebiendo de las aguas de la Inocencia y oliendo las flores del campo del Sueño y del Deseo. Pero nuestro recién conocido amigo el Tiempo no conocía el descanso y, con paso firme sin vacilar hizo crecer nuevas flores en nuestro vergel, que aun impregnados con el aroma de la Curiosidad seguíamos investigando.

Aquellas flores fueron la llegada de un nuevo amanecer. Las tupidas enredaderas de sus raíces bloquearon el manantial del que manaba el agua de la Inocencia, y entonces comenzó la búsqueda de nuevos jugos, más exóticos y apetecibles, de los nuevos frutos del jardín. El beber de su néctar fue el despertar de nuevos y desconocidos sentidos. Notábamos en nuestros cuerpos una explosión de sensaciones jamás vividas hasta entonces. Aquel sabor agridulce debió invadir mis pupilas, porque ya no te miraba de la misma forma que antes, y notaba que tú tampoco.

Mientras investigábamos nuevos alimentos de nuestro edén, en muchas ocasiones sangrábamos por las espinas rociadas por el veneno de la Duda, llevándonos a la confusión, nublando nuestra vista haciéndonos tropezar y retroceder en nuestro camino a través del enorme jardín. Muchas heridas y cicatrices son hoy el recuerdo del paso por aquellos tupidos matorrales de plantas espinadas. El Tiempo, nuestro fiel e inexorable compañero de viaje seguía mostrándose solícito por continuar. Nos enseñó una nueva gama de olores y sabores que en algunos momentos me hacían olvidarte, pero sólo durante poco tiempo. Algo muy fuerte nos unía. Y sobre todo tú, tan intuitiva como eras, te diste cuenta antes que yo. Pronto supimos que algo inevitable estaba por ocurrir, y juntos probamos el delicioso y exótico fruto del Amor.

Una vez más el Tiempo hizo de las suyas y empezaste a cambiar. Eras diferente. Parecías una planta a punto de dar su frutos. Tal y como sospeché algo salió desde tus entrañas. Se trataba de una pequeña plantita bella y hermosa. Desde el primer momento quería protegerla y cuidarla. Se parecía tanto a nosotros... Como siempre, fueron el Tiempo y el cariño los que provocaron el crecimiento de nuestra flor haciéndola fuerte y vigorosa.

La pequeña nos cambió a los dos. Ya no teníamos tiempo para seguir probando y observando las flores del gran jardín, sino que sólo teníamos ojos para nuestra pequeña, tan pequeña y delicada. La alimentamos con los frutos más apetitosos que conocíamos y le dimos a beber del agua más clara y pura de todos los manantiales. Nuestra planta creció, pareciéndose mucho a ti cuando correteabas junto a mí por los campos del Sueño y el Deseo.

Añoro aquellos años de dicha y felicidad. El Tiempo, compañero leal pero detestable, nos debilitó y agotó en nosotros el perfume que contenía el aroma de la Curiosidad. La desgana se apoderó de nosotros y poco a poco nos debilitábamos, sin poder conocer por completo el jardín en el que tantos momentos. Hace poco que te marchitaste y ahora te necesito mucho más que antes. Noto cómo mi cuerpo termina por agotarse, y temo dejar a nuestra plantita sola en el jardín. Pero sé que ella sabrá arreglárselas sin mí cuando yo no esté. Mi existencia se acaba y el Tiempo, mi verdugo traidor, avanza torturándome. Aún no sé la razón de mi existencia. No sé por qué fui enviado al jardín cuando ni tan siquiera fui capaz de conocerlo entero. Me voy sin saber adónde, pero parto satisfecho de haber disfrutado de una vida llena de sensaciones junto a alguien tan maravilloso como tú.