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domingo, 10 de abril de 2016

A cara o cruz

Mis dedos recorrían los granos de arena mientras mis pupilas se perdían entre los límites del mar y el cielo. El aire impregnado de salitre se metía suavemente en mi interior calmando los latidos de mi corazón. Mi mente, ya cansada de pensar, se toma unas vacaciones temporales volando con las gaviotas intentando olvidar que esta tranquilidad del domingo se convertirá de nuevo en frenesí. Era esta playa perdida el lugar que había escogido para tomar una decisión.

Cerraba los ojos mientras reflexionaba... Nos pasamos la vida tomando decisiones. Algunas cruciales como la carrera que queremos estudiar, otras tan nimias como la camisa que me pondré mañana. Y todas y cada una de ellas tienen algún tipo de repercusión en nuestras vidas. Escogiendo con más o menos precisión vamos creando una hoja de ruta que vamos recorriendo sin saber si hemos escogido la puerta correcta. Con el tiempo nos damos cuenta de que las experiencias que este camino nos ha ido planteando ya forman parte de nosotros, y nos han ido conformando en una persona determinada, para lo bueno y para lo malo. Un camino que, al fin y al cabo, hemos elegido nosotros.

Elegir no suele ser tarea fácil. No hay un manual de instrucciones para cada uno y docenas de voces a nuestro alrededor parecen saber mejor que nosotros qué es lo que necesitamos. Al principio las escuchabas más, pero el tiempo nos hace crecer en altura y sabiduría, aprendiendo a base de golpes que solo nosotros tenemos el poder de decidir. El poder de seguir el rumbo que marcamos nosotros, con lo que no podemos culpar a los demás de nuestras malas decisiones. 

Ojalá fuera tan fácil como tirar una moneda al aire, o que realmente supiéramos cuál es el camino que mayor satisfacción nos reportará. Pero en eso se basa la magia de la vida, y nos tenemos que mojar para conseguir nuestros sueños. Así que solo nos queda aprender de lo vivido y saber cuál es tu rumbo. Sin miedos. 

Mientras mis ojos se acomodaban de nuevo a la luz del sol una tenue sonrisa se perfilaba en mi cara. Ya había tomado mi decisión.

lunes, 7 de marzo de 2016

Momentos

En la vida todo son momentos que solo duran un instante, mosaicos de sensaciones que como las golondrinas de Becquer ya no volverán. El tiempo, la luz, las personas a tu alrededor o el propio estado físico y mental confluyen en cada segundo para cristalizar toda esa miríada de factores en una de los millones de situaciones que tenemos cada día. Unos épicos, otros anodinos, pero todos ellos forman parte de un río que ya no podremos volver a cruzar.

El tiempo pasa inexorable mientras en el fino hilo de la vida vamos atesorando cada una de estas vivencias como cuentas de un collar. Y esto ocurre casi sin darnos cuenta porque forma parte de nuestra propia existencia.

Ese desayuno rápido antes de ir a trabajar de la semana pasada, las carcajadas con los compañeros mientras trabajábamos hasta tarde hace un mes, o ese momento húmedo bajo las sábanas que únicamente sucedió en nuestra imaginación cuando fantaseaba fugazmente con el chico que iba en el autobús ayer. Son pequeños momentos que conforman nuestro día a día y que sin darnos cuenta conforman las acciones que ocurrirán mañana.. o quizás en un año o dos.

Sabemos demasiado poco de la vida porque estamos demasiado metidos en ella. Tomamos poco en serio los pequeños momentos esperando a que ocurran los grandes y perseguimos con poca frecuencia las oportunidades de hacer algo grande porque vivimos enfrascados en las pequeñas cuentas del día a día sin levantar la vista del ordenador.

Momentos que construyen una vida. Momentos absurdos, divertidos o anodinos. Con más o menos glamour son las piedras en las que se cimenta nuestra existencia. El día que las perdamos dejaremos de ser nosotros mismos.. y qué poco los valoramos.

La vida sigue su baile con el tiempo sin darnos cuenta que este se acaba y que este collar que vamos construyendo algún día se quedará sin hueco para una nueva cuenta. La vida son momentos y nunca sabremos cuándo es el último. ¿Tienes un momento?

domingo, 3 de enero de 2016

A prueba de seísmos

Nos pasamos la vida construyendo nuestra parcela en este mundo. Con los materiales que tenemos disponibles vamos trabajando un lugar donde refugiar nuestras almas, construyendo una vida a nuestro alrededor. De forma tímida y torpe al principio y tomando como cimientos los que nos enseñan nuestros padres. Luego apuntalamos esta vivienda con los modelos que nos parecen dignos de inspiración a la vez que rellenamos los huecos de nuestros errores con hormigón para seguir creciendo y, gracias a los años y la experiencia, aprendemos a darle forma con pericia para crear ese lugar que siempre habíamos soñado, luchando por crear una torre cada vez más alta que nos permita alcanzar las estrellas que antaño nos parecían tan lejanas.

Me río cuando pienso en mi juventud, en cómo iba construyendo un torreón que pensaba llegar a lo más alto. En aquel momento no veía los grandes agujeros que tenía mi plan, ni en la poca pericia que tenía a la hora de tallar la madera o apuntalar los cimientos. Mis pequeños logros me parecían grandes avances y pensaba que iba por el buen camino: Aquel para el que me habían enseñado a andar. Pero el camino que te muestran tus mayores y aquel que uno tiene predestinado andar no tienen porqué ser el mismo.. y eso ya lo aprendería yo con los años.

Hace 8 años un terremoto convirtió mi hogar en el epicentro de su espectáculo y la tierra que había bajo mis pies se estremeció hasta remover los secretos que habían ocultos en mi corazón. Un seísmo que me cambió la vida y marcó para siempre mi existencia. Aunque muchas piedras quedaron en pie, pues aunque endeble y algo infantil, mi casa tenía unos cimientos muy fuertes, una parte de la construcción quedó completamente inutilizada, y tocaba tapar los huecos y continuar luchando por alcanzar las estrellas.

Durante los últimos años me he afanado por dar lo mejor de mí. La experiencia y un espíritu renovado con sus sueños claros hicieron que poco a poco mi torre cogiera forma hasta llegar allá donde quería que estuviera. Había sido un camino complicado, pero mi estrella siempre brilló para mí iluminándome el camino. No era la torre más alta y quizás no era la más hermosa, pero era aquella que había construido yo en base a mi trabajo y esfuerzo, basado en mi genuino deseo de hacerlo de la forma que solo yo quería.

Hace escasos días, cansado de la agotadora tarea que había sido llegar hasta aquí, me secaba la frente y miraba con orgullo la obra que había creado, capaz de tocar muchas de las estrellas que hace casi una década solo podía ver desde el suelo. Pero es curiosamente cuando crees que todo es perfecto cuando algo hace darte cuenta de que no lo es.

Un ruido muy familiar retumbaba en mis oídos y mis pies comenzaban a temblar tal y como lo hicieron hace 8 años. Después de años de lucha por construir y llegar allá donde siempre soñé, volvía aquel fenómeno de la naturaleza que una vez destruyó y cambió mi vida. Una sensación extraña se adueñaba de mí, mientras las antiguas grietas se abrían en las paredes para gritar que el pasado siempre acaba volviendo, y que uno no puede escapar de su propio destino.

Pero aunque tengo algo de miedo sé que aunque el suelo tiemble aguantaré sin caer. Si el viento se cuela por mis heridas aprenderé a soportar el dolor. Porque ahora mis pies están anclados al suelo y mi mirada puesta en las estrellas, mis convicciones son firmes y mi piel de hormigón. Finalmente el tiempo curtió a ese joven inocente en su pequeña burbuja de cristal y lo convirtió en un hombre con ganas de amar, pero que no perderá la esencia del ser que es ahora.

miércoles, 25 de enero de 2012

Perdiendo el miedo a lo desconocido

Poco a poco, mis objetivos se van cumpliendo. Han sido años anhelando el futuro que ya en un mes se convertirá en presente y, a pesar de todo, una sensación de miedo se apodera de mis noches. Una ciudad que se oculta tras la neblina de lo desconocido se encuentran mis sueños escondidos en un cofre.

Los días del calendario van acercando esa fecha que aun hoy sigue siendo una incógnita, pero afortunadamente cada día que pasa el miedo se va transformando en ilusión. Siento que las alas van creciendo a mis espaldas, y pronto serán lo suficientemente grandes para que todos las puedan ver, y ese miedo que me aprisionaba el estómago se van convirtiendo paulatinamente en rugidos de hambre por comerse el mundo.

Ansias por ver más allá, por saber y seguir creciendo. Descubrir un futuro que sólo a mí me pertenece y continuar forjando esa increíble historia que es mi vida. Ya no tengo miedo a fracasar, sino ganas de triunfar, por desvanecer esa niebla que oculta la que será mi ciudad y clavar mi bandera en lo alto de sus edificios.

¡Casi falta un mes y no puedo reprimir mis ansias por volar!

domingo, 23 de enero de 2011

Las Alas del Ángel

Desde que tengo uso de razón, siempre he tenido alas para volar. Alas que me permitían soñar y planear con ingenuidad por los cielos, donde la Felicidad era el oxígeno que respiraba y los Sueños eran las corrientes que desplegaban mis alas.

Mamá fue la primera que me hizo volar, construyéndome con mimo mis alas de Cariño y Amor. Con esos cuidados interminables y esa protección desmesurada, mi mundo era feliz con su sonrisa, volando alto cuando le llevaba mis notas cubiertas de sobresalientes o descubría el talento natural por el dibujo que ambos compartíamos... Era imposible pensar que existía una vida mejor si no era a su lado.

El tiempo pasaba y yo seguía bien arriba surcando el cielo, esta vez en compañía de mis Amigos. Ellos hacían las veces de corrientes de aire, haciéndome volar cada vez más alto, llevándome a lugares que jamás hubiera descubierto sin ellos. Esos momentos de diversión, las fiestas y locuras que juntos pasamos quedaron grabados en mi corazón. No podía dejar de ser feliz, y me volví adicto a mis amigos, a mi gente.

Más adelante llegó el Amor. En forma de nube esponjosa me invitó a descansar y a disfrutar del momento. Recuerdo cerrar los ojos, y pensar que ya no me quedaban más sueños por cumplir, y me dormí con una sonrisa en la boca, creyéndome el ser más afortunado del mundo...

Cuando desperté, el Amor se había evaporado sin que me diera cuenta, convirtiéndose en el duro y frío suelo de la Realidad. Mis alas, maltrechas y aplastadas por la caída, ya no servían para volar. La fuerza de mis Amigos, que antaño había sido el tornado que me había mantenido en lo más alto, ahora no era más que una ligera brisa que no podía hacerme levantar los pies del suelo. Me había vuelto un Ser Terrenal.

Ahora que estaba en la Tierra, no podía dejar de observar el cielo que tan lejos se encontraba, donde brillan lejos como estrellas mis sueños e ilusiones. Aquí me siento vulnerable y solo, invadido por el miedo de que mi vida nunca volverá a elevarse más allá de la tierra que pisaba. El terror de una vida mundana y transparente.

Mis días pasaban sentados en la dura roca sobre el acantilado, pensando en mi situación actual y la nostalgia de los cielos, pensando si habría alguna solución a la difícil ecuación que se me planteaba.

Finalmente tomé una determinación: Tenía que volver a volar. Mi trabajo, duro y entregado, se convirtió en la forma de conseguir las nuevas alas que abrirían el camino a la felicidad. Día tras día me curtía en mis tareas, dejándome la piel con la esperanza de un futuro prometedor. A veces mi mente volaba sola mientras trabajaba, imaginándome arriba con mis nuevas alas...

Siguen pasando hojas del calendario y mis pies no se despegan del suelo.

¡Qué lento pasa el tiempo cuando uno es incapaz de volar!

Llegará el día en que el trabajo haya terminado, y estas nuevas alas que yo mismo he fabricado, serán capaces de volar de nuevo, esta vez con el impulso de mis propias piernas al correr. Entonces estoy seguro de que, aunque quizás no vuele más alto que nadie, será la Felicidad más genuina que nadie haya podido alcanzar...

lunes, 30 de noviembre de 2009

Nunca supe andar en bicicleta

Todos dicen que andar bicicleta es una de las habilidades que por mucho que pasen los años, jamás se olvida. Permanece en la mente grabada, en espera de poder escapar de su letargo para demostrar que aunque pasen uno, cinco o veinte años, esa capacidad permanece inalterable en nuestro interior.

Yo nunca aprendí a andar en bicicleta. Me enseñaron hace un tiempo, pero creo que nunca llegué a aprender de verdad. Con lo cual... no se puede recordar hacer algo que nunca se llegó a dominar. En conclusión. No sé andar en bicicleta.

Quizás pueda sonar estúpido y sin sentido, pero para mí la vida se reduce a este hecho precisamente. Nunca me enseñaron bien cómo llevarla o dominarla sin caer. Creo desconocer las nociones básicas para mantener el manillar con seguridad sin desviarme del camino, y pedaleo despacio por temor a ir tan deprisa que no pueda controlarla. Siempre tengo la impresión de que el resto sí sabe de esas cosas, y tuvieron una formación un poco más elaborada de la que yo tuve. A pesar de ello...

Durante los últimos meses me he limitado a conocer los mandos de mi vehículo: He pedaleado tan rápido que nadie podía seguir mi estela (FastForward), he ido despacio hasta que todos me doblasen (Stop&Reset), e incluso he recorrido caminos duros y escarpados para medir mis fuerzas (Escalation). Durante este periodo hay una única premisa que siempre procuré cumplir... y es conseguir seguir en línea recta. (Endurance)

Si bien para los demás lo difícil es cambiar las marchas, adaptarse al terreno o hacer las virguerías, para mí lo que supone verdaderamente un reto es seguir hacia adelante. Recto y sin desviarme. Será que soy inconstante y quizás algo torpe, pero siempre siento cómo el manillar cae suavemente hacia uno de los lados, obligándome a frenar antes de llegar a caer.

Hace ya tiempo que ando solo por los caminos, entendiendo mi fuerza y mi debilidad, armonizando mi interior con el exterior, analizando sinceramente mi voluntad. Me detengo siempre que dudo para coger fuerzas y seguir con mi línea recta en busca de una meta. No me gusta el deporte, no me gusta andar en bicicleta. Aun así...

Muchas veces siento que disfruto con lo que hago. Esos días el viento y yo jugamos a ver quién es más rápido en una carrera que me siento confiado a ganar. El tiempo corre, yo vuelo. Me siento fuerte como un dios. Soy feliz. Es inexplicable, pero al mismo tiempo infinitamente placentero. Pero...

Siempre llega un día como otro cualquiera en que mi cuerpo se vuelve más pesado. Me siento torpe y el miedo se apodera de mis articulaciones. El vigor de los brazos desaparece y el viento se vuelve cortante y amenazador. Es lento, pero inexorable. El manillar se desliza suavemente hacia la derecha...

Realmente estoy agotado de esta carrera donde soy el único corredor. Me siento estúpido corriendo sin sentir apenas el progreso de mi esfuerzo. Por mucho que corro no consigo escapar, por mucho que pare nunca consigo detenerme del todo. Al final, la línea recta desaparece y se curva en forma de interrogación. Siempre es así. ¡Odio andar en bicicleta!

domingo, 17 de agosto de 2008

Una partida de cartas


Obligados a sentarnos a la mesa a jugar. Nunca fue decisión nuestra participar, pero alguien nos repartió las cartas con las que comenzar. Hay millones de jugadores, pero sólo vemos a los que tenemos al lado. El crupier que nos ha dado las cartas está oculto entre las sombras. Todo está cubierto de sombras, salvo el verde tapete donde se hacen las apuestas y se arrojan las cartas.

Con más o menos suerte, empezamos a jugar sin saber exactamente las reglas del juego.
Cambiamos nuestras cartas, arriesgamos y apostamos por conseguir lo que con el tiempo averiguamos el premio gordo de la casa. Nunca nadie fue ganador absoluto de este juego. Aunque juegues tus cartas lo mejor que puedas, al final siempre tendrás que abandonar. Pero si hubo muchos perdedores, y otros que decidieron abandonar la timba a la mitad. Incontables derrotas sonadas donde se pierde todo en una mala jugada, innumerables quejas al crupier, a los jugadores… La mesa está moldeada por los puñetazos y patadas de resignación, pero este juego tiene reglas muy complicadas, y aunque parezca injusto, en el tapete las cosas funcionan así.

Al final todos pierden. Sin saber cómo ni porqué, un hombre de dos metros de alto, oculto bajo un traje oscuro, te pide que le acompañes: La partida ha terminado para ti. Nunca se sabrá más de ti, y en la mesa de vez en cuando saldrá tu nombre, aunque con el tiempo desaparecerá como el humo de los cigarros y puros, porque siempre entran nuevos jugadores a la mesa, y hay que estar atentos para desplumar al primero que pase.

sábado, 19 de julio de 2008

Una vida en el jardín


No recuerdo cómo llegamos allí, ni tampoco lo que quería ni quién era. Sólo sabía que estaba contigo en un jardín gigantesco que parecía no tener fin. No tenía miedo ni temor, ya que por aquel entonces ni tú ni yo sabíamos lo que eran aquellas sensaciones.

Recuerdo con regocijo aquellos días de felicidad que pasamos probando los distintos frutos de los árboles, sin poder predecir si era un manjar o una amarga hoja de árbol. Juntos corríamos campo traviesa, bebiendo de las aguas de la Inocencia y oliendo las flores del campo del Sueño y del Deseo. Pero nuestro recién conocido amigo el Tiempo no conocía el descanso y, con paso firme sin vacilar hizo crecer nuevas flores en nuestro vergel, que aun impregnados con el aroma de la Curiosidad seguíamos investigando.

Aquellas flores fueron la llegada de un nuevo amanecer. Las tupidas enredaderas de sus raíces bloquearon el manantial del que manaba el agua de la Inocencia, y entonces comenzó la búsqueda de nuevos jugos, más exóticos y apetecibles, de los nuevos frutos del jardín. El beber de su néctar fue el despertar de nuevos y desconocidos sentidos. Notábamos en nuestros cuerpos una explosión de sensaciones jamás vividas hasta entonces. Aquel sabor agridulce debió invadir mis pupilas, porque ya no te miraba de la misma forma que antes, y notaba que tú tampoco.

Mientras investigábamos nuevos alimentos de nuestro edén, en muchas ocasiones sangrábamos por las espinas rociadas por el veneno de la Duda, llevándonos a la confusión, nublando nuestra vista haciéndonos tropezar y retroceder en nuestro camino a través del enorme jardín. Muchas heridas y cicatrices son hoy el recuerdo del paso por aquellos tupidos matorrales de plantas espinadas. El Tiempo, nuestro fiel e inexorable compañero de viaje seguía mostrándose solícito por continuar. Nos enseñó una nueva gama de olores y sabores que en algunos momentos me hacían olvidarte, pero sólo durante poco tiempo. Algo muy fuerte nos unía. Y sobre todo tú, tan intuitiva como eras, te diste cuenta antes que yo. Pronto supimos que algo inevitable estaba por ocurrir, y juntos probamos el delicioso y exótico fruto del Amor.

Una vez más el Tiempo hizo de las suyas y empezaste a cambiar. Eras diferente. Parecías una planta a punto de dar su frutos. Tal y como sospeché algo salió desde tus entrañas. Se trataba de una pequeña plantita bella y hermosa. Desde el primer momento quería protegerla y cuidarla. Se parecía tanto a nosotros... Como siempre, fueron el Tiempo y el cariño los que provocaron el crecimiento de nuestra flor haciéndola fuerte y vigorosa.

La pequeña nos cambió a los dos. Ya no teníamos tiempo para seguir probando y observando las flores del gran jardín, sino que sólo teníamos ojos para nuestra pequeña, tan pequeña y delicada. La alimentamos con los frutos más apetitosos que conocíamos y le dimos a beber del agua más clara y pura de todos los manantiales. Nuestra planta creció, pareciéndose mucho a ti cuando correteabas junto a mí por los campos del Sueño y el Deseo.

Añoro aquellos años de dicha y felicidad. El Tiempo, compañero leal pero detestable, nos debilitó y agotó en nosotros el perfume que contenía el aroma de la Curiosidad. La desgana se apoderó de nosotros y poco a poco nos debilitábamos, sin poder conocer por completo el jardín en el que tantos momentos. Hace poco que te marchitaste y ahora te necesito mucho más que antes. Noto cómo mi cuerpo termina por agotarse, y temo dejar a nuestra plantita sola en el jardín. Pero sé que ella sabrá arreglárselas sin mí cuando yo no esté. Mi existencia se acaba y el Tiempo, mi verdugo traidor, avanza torturándome. Aún no sé la razón de mi existencia. No sé por qué fui enviado al jardín cuando ni tan siquiera fui capaz de conocerlo entero. Me voy sin saber adónde, pero parto satisfecho de haber disfrutado de una vida llena de sensaciones junto a alguien tan maravilloso como tú.