En la vida todo son momentos que solo duran un instante, mosaicos de sensaciones que como las golondrinas de Becquer ya no volverán. El tiempo, la luz, las personas a tu alrededor o el propio estado físico y mental confluyen en cada segundo para cristalizar toda esa miríada de factores en una de los millones de situaciones que tenemos cada día. Unos épicos, otros anodinos, pero todos ellos forman parte de un río que ya no podremos volver a cruzar.
El tiempo pasa inexorable mientras en el fino hilo de la vida vamos atesorando cada una de estas vivencias como cuentas de un collar. Y esto ocurre casi sin darnos cuenta porque forma parte de nuestra propia existencia.
Ese desayuno rápido antes de ir a trabajar de la semana pasada, las carcajadas con los compañeros mientras trabajábamos hasta tarde hace un mes, o ese momento húmedo bajo las sábanas que únicamente sucedió en nuestra imaginación cuando fantaseaba fugazmente con el chico que iba en el autobús ayer. Son pequeños momentos que conforman nuestro día a día y que sin darnos cuenta conforman las acciones que ocurrirán mañana.. o quizás en un año o dos.
Sabemos demasiado poco de la vida porque estamos demasiado metidos en ella. Tomamos poco en serio los pequeños momentos esperando a que ocurran los grandes y perseguimos con poca frecuencia las oportunidades de hacer algo grande porque vivimos enfrascados en las pequeñas cuentas del día a día sin levantar la vista del ordenador.
Momentos que construyen una vida. Momentos absurdos, divertidos o anodinos. Con más o menos glamour son las piedras en las que se cimenta nuestra existencia. El día que las perdamos dejaremos de ser nosotros mismos.. y qué poco los valoramos.
La vida sigue su baile con el tiempo sin darnos cuenta que este se acaba y que este collar que vamos construyendo algún día se quedará sin hueco para una nueva cuenta. La vida son momentos y nunca sabremos cuándo es el último. ¿Tienes un momento?
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lunes, 7 de marzo de 2016
sábado, 27 de febrero de 2016
Mi Guardián
Hace eones un ser sin igual llegó a la Tierra. Su corazón era puro y el brillo de sus ojos hacían que el mundo perdiera la cabeza. Su belleza era tal que todos volvían la cabeza a su paso, y el mundo entero se disputaba aunque solo fueran unas horas de su presencia. Príncipes, nobles mendigos y soldados. Todos ellos se disputaban el honor de quedárselo para sí como si de un trofeo se tratara.
Este ser tan lleno de luz se horrorizaba de esta realidad en la que había aterrizado, y asustado procuraba esconderse entre la multitud intentado pasar desapercibido, pero el brillo de su corazón era tal que era imposible mantenerlo oculto. Por muy lejos que escapara su efecto en la gente era inevitable, desatando la locura allá donde pasara. Ante tanto caos este ángel sin alas se propuso un objetivo: Tenía que encontrar a su guardián. Un guardián al que poderle entregar su corazón sin reservas y que él lo protegiera de este mundo frío y loco al que se enfrentaba.
Afortunadamente mientras perseguía su objetivo iba protegido por su buena estrell, y pasaron varios años sin que nadie pudiera hacerle daño, huyendo de las multitudes y escondiéndose en pequeños poblados. Aun así siempre acababa llamando la atención y debía huir allá donde estuviera. Su agotamiento empezaba a ser notable: Noches sin dormir por miedo de que alguien pudiera hacerle daño durante la noche, durmiendo en la intemperie mientras el frío se colaba entre sus huesos con el fin de alejarse de los seres humanos, y cautivo de la decepción ante cada encuentro que tenía con las personas que poblaban este mundo.
El tiempo seguía pasando y su corazón se marchitaba infectado por la realidad de este mundo lujurioso y falto de valores. Con su alma dañada y su brillo opacado por la cruda realidad, este ser empezó a enfermar. Solo en medio de la naturaliza salvaje suspiraba por ese guardián que le protegiera y con quien sentirse seguro para siempre.... y empezaba a pensar que no existía tal ser legendario. El desánimo se hacía más palpable en sus entrañas y su corazón empezó a endurecerse pensando que el único que podía protegerse de los demás era él mismo.
El calor de su interior se desvanecía al tiempo que la esperanza se esfumaba de su interior. Completamente hastiado de un mundo donde lo único que hacía era correr y escapar para evitar las heridas que su cuerpo no terminaba de curar, su corazón no fue lo único que se endureció. Paulatinamente se sentía más pesado. El aire se hacía irrespirable y su cuerpo dejó de responder. Su cuerpo se convertía en piedra.
Desgraciadamente lo inevitable pasó. Esta maravilla de la Creación se convirtió en una estatua perenne a la orilla de un lago olvidado. La maleza invadió su cuerpo y su leyenda quedó relegada al olvido. Dicen los pocos relatos que circulan acerca de él que una parte de su alma todavía permanece encendida luchando por no morir definitivamente. Esta última esperanza sigue siendo su protector. Ese caballero de blanca armadura que deposite su escudo bajo su estatua y le jure la fidelidad que tantos años había anhelado. "Algún día".
viernes, 26 de febrero de 2016
Casualidad o Causalidad
Dormidos en el letargo aguardan los recuerdos de un tiempo donde las emociones eran más fuertes, más intensas. Con el tiempo esos recuerdos quedan aletargados en el fondo de la memoria, ocultos por la coraza que uno va construyendo día a día para poder sobrevivir.
Súbitamente el pasado vuelve a ti para recordarte que una vez sentías y que las cosas no eran tan racionales o pragmáticas pomo quieres hacerlas creer. Es entonces cuando replanteas tu vida y vuelves a hacerte las mismas preguntas que hace años te hacías, cuando pensabas que gracias a la madurez de los tiempos presentes y todo lo que has vivido no volverías a plantearte: "¿Hay futuro después de dos corazones rotos? ¿Hay esperanza para esa historia que nunca volvió a pasar?".
Definitivamente este año está siendo un año de sentir y pensar al mismo tiempo. Me doy cuenta que dentro de todo este sentir hay mucho llamémosle "capricho" detrás por crear las historias perfectas o redondas donde todo tiene un cierre o un final feliz, una esperanza porque esas personas que ya estaban presentes en el pasado de una forma especial formen parte del presente y definitivamente del futuro.
Creemos en el destino, en que las cosas no pasan por coincidencia.. y a veces tenemos que darnos cuenta de que efectivamente la vida es curiosa y nos hace tropezarnos dos veces con la misma piedra (y a veces tres), pero que no hay astros alineados detrás y que las cosas ocurren simplemente porque tienen que pasar, sin haber más explicación que los hechos que están pasando.
En cualquier caso el ser humano, en su bendita ignorancia, intenta pensar en "cerrar círculos perfectos" o en "hilar una historia perfecta tras años de construción". La vida no es una historia de amor como en las películas. Las cosas pasan sin más explicación y nos tenemos que aferrar a un presente, siendo conscientes de nuestro pasado para construir el futuro que buscamos para nosotros.
Todo lo demás, estás de más.
lunes, 30 de noviembre de 2009
Nunca supe andar en bicicleta
Todos dicen que andar bicicleta es una de las habilidades que por mucho que pasen los años, jamás se olvida. Permanece en la mente grabada, en espera de poder escapar de su letargo para demostrar que aunque pasen uno, cinco o veinte años, esa capacidad permanece inalterable en nuestro interior.
Yo nunca aprendí a andar en bicicleta. Me enseñaron hace un tiempo, pero creo que nunca llegué a aprender de verdad. Con lo cual... no se puede recordar hacer algo que nunca se llegó a dominar. En conclusión. No sé andar en bicicleta.
Quizás pueda sonar estúpido y sin sentido, pero para mí la vida se reduce a este hecho precisamente. Nunca me enseñaron bien cómo llevarla o dominarla sin caer. Creo desconocer las nociones básicas para mantener el manillar con seguridad sin desviarme del camino, y pedaleo despacio por temor a ir tan deprisa que no pueda controlarla. Siempre tengo la impresión de que el resto sí sabe de esas cosas, y tuvieron una formación un poco más elaborada de la que yo tuve. A pesar de ello...
Durante los últimos meses me he limitado a conocer los mandos de mi vehículo: He pedaleado tan rápido que nadie podía seguir mi estela (FastForward), he ido despacio hasta que todos me doblasen (Stop&Reset), e incluso he recorrido caminos duros y escarpados para medir mis fuerzas (Escalation). Durante este periodo hay una única premisa que siempre procuré cumplir... y es conseguir seguir en línea recta. (Endurance)
Si bien para los demás lo difícil es cambiar las marchas, adaptarse al terreno o hacer las virguerías, para mí lo que supone verdaderamente un reto es seguir hacia adelante. Recto y sin desviarme. Será que soy inconstante y quizás algo torpe, pero siempre siento cómo el manillar cae suavemente hacia uno de los lados, obligándome a frenar antes de llegar a caer.
Hace ya tiempo que ando solo por los caminos, entendiendo mi fuerza y mi debilidad, armonizando mi interior con el exterior, analizando sinceramente mi voluntad. Me detengo siempre que dudo para coger fuerzas y seguir con mi línea recta en busca de una meta. No me gusta el deporte, no me gusta andar en bicicleta. Aun así...
Muchas veces siento que disfruto con lo que hago. Esos días el viento y yo jugamos a ver quién es más rápido en una carrera que me siento confiado a ganar. El tiempo corre, yo vuelo. Me siento fuerte como un dios. Soy feliz. Es inexplicable, pero al mismo tiempo infinitamente placentero. Pero...
Siempre llega un día como otro cualquiera en que mi cuerpo se vuelve más pesado. Me siento torpe y el miedo se apodera de mis articulaciones. El vigor de los brazos desaparece y el viento se vuelve cortante y amenazador. Es lento, pero inexorable. El manillar se desliza suavemente hacia la derecha...
Realmente estoy agotado de esta carrera donde soy el único corredor. Me siento estúpido corriendo sin sentir apenas el progreso de mi esfuerzo. Por mucho que corro no consigo escapar, por mucho que pare nunca consigo detenerme del todo. Al final, la línea recta desaparece y se curva en forma de interrogación. Siempre es así. ¡Odio andar en bicicleta!
Yo nunca aprendí a andar en bicicleta. Me enseñaron hace un tiempo, pero creo que nunca llegué a aprender de verdad. Con lo cual... no se puede recordar hacer algo que nunca se llegó a dominar. En conclusión. No sé andar en bicicleta.
Quizás pueda sonar estúpido y sin sentido, pero para mí la vida se reduce a este hecho precisamente. Nunca me enseñaron bien cómo llevarla o dominarla sin caer. Creo desconocer las nociones básicas para mantener el manillar con seguridad sin desviarme del camino, y pedaleo despacio por temor a ir tan deprisa que no pueda controlarla. Siempre tengo la impresión de que el resto sí sabe de esas cosas, y tuvieron una formación un poco más elaborada de la que yo tuve. A pesar de ello...
Durante los últimos meses me he limitado a conocer los mandos de mi vehículo: He pedaleado tan rápido que nadie podía seguir mi estela (FastForward), he ido despacio hasta que todos me doblasen (Stop&Reset), e incluso he recorrido caminos duros y escarpados para medir mis fuerzas (Escalation). Durante este periodo hay una única premisa que siempre procuré cumplir... y es conseguir seguir en línea recta. (Endurance)
Si bien para los demás lo difícil es cambiar las marchas, adaptarse al terreno o hacer las virguerías, para mí lo que supone verdaderamente un reto es seguir hacia adelante. Recto y sin desviarme. Será que soy inconstante y quizás algo torpe, pero siempre siento cómo el manillar cae suavemente hacia uno de los lados, obligándome a frenar antes de llegar a caer.
Hace ya tiempo que ando solo por los caminos, entendiendo mi fuerza y mi debilidad, armonizando mi interior con el exterior, analizando sinceramente mi voluntad. Me detengo siempre que dudo para coger fuerzas y seguir con mi línea recta en busca de una meta. No me gusta el deporte, no me gusta andar en bicicleta. Aun así...
Muchas veces siento que disfruto con lo que hago. Esos días el viento y yo jugamos a ver quién es más rápido en una carrera que me siento confiado a ganar. El tiempo corre, yo vuelo. Me siento fuerte como un dios. Soy feliz. Es inexplicable, pero al mismo tiempo infinitamente placentero. Pero...
Siempre llega un día como otro cualquiera en que mi cuerpo se vuelve más pesado. Me siento torpe y el miedo se apodera de mis articulaciones. El vigor de los brazos desaparece y el viento se vuelve cortante y amenazador. Es lento, pero inexorable. El manillar se desliza suavemente hacia la derecha...
Realmente estoy agotado de esta carrera donde soy el único corredor. Me siento estúpido corriendo sin sentir apenas el progreso de mi esfuerzo. Por mucho que corro no consigo escapar, por mucho que pare nunca consigo detenerme del todo. Al final, la línea recta desaparece y se curva en forma de interrogación. Siempre es así. ¡Odio andar en bicicleta!
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